• Expulsión de los judíos de España

    La expulsión de los judíos de España fue ordenada en 1492 por los Reyes Católicos mediante el Edicto de Granada con la finalidad, según el decreto, de impedir que siguieran influyendo en los cristianos nuevos para que éstos judaizaran.

  • La decisión de expulsar a los judíos –o de prohibir el judaísmo – está relacionada con la instauración de la Inquisición catorce años antes en la Corona de Castilla y nueve en la Corona de Aragón, porque precisamente fue creada para perseguir a los judeoconversos que seguían practicando su antigua fe. Como ha señalado el historiador Julio Valdeón, "sin duda alguna la expulsión de los judíos del solar ibérico es uno de los temas más polémicos de cuantos han sucedido a lo largo de la historia de España". Por su parte el hispanista francés Joseph Pérez ha destacado las semejanzas que existen entre esta expulsión y la persecución de los judíos en la Hispania visigoda casi mil años antes.

    La segregación de los judíos (1480)

    Desde el principio de su reinado Isabel y Fernando se preocuparon de proteger a los judíos –ya que eran "propiedad" de la corona-. Por ejemplo, el 6 de septiembre de 1477 en una carta dirigida a la comunidad judía de Sevilla la reina Isabel I daba garantías sobre su seguridad:

    "Tomo bajo mi protección a los judíos de las aljamas en general y a cada uno en particular, así como a sus personas y sus bienes; les protejo contra cualquier ataque, sea de la naturaleza que sea…; prohíbo que se les ataque, mate o hiera; prohíbo asimismo que se adopte una actitud pasiva si se les ataca, mata o hiere"

    De ahí incluso que los Reyes Católicos hasta 1492 tuvieran fama de ser favorables a los judíos. Eso es lo que afirma, por ejemplo, el viajero alemán Nicolás de Popielovo, tras su visita en 1484-1485:

    "Sus súbditos de Cataluña y Aragón hablan públicamente y lo mismo he oído decir a muchos en España que la Reina es protectora de los judíos e hija de una judía"

    Pero los Reyes Católicos no pudieron acabar con todas las vejaciones y discriminaciones que padecían los judíos, alentadas en muchas ocasiones por las predicaciones de los frailes de las órdenes mendicantes. Entonces tomaron la decisión de segregar a los judíos para acabar con los conflictos. Ya en las Cortes de Madrigal de 1476 los reyes habían protestado por el incumplimiento de lo dispuesto en el Ordenamiento de 1412 sobre los judíos –prohibición de llevar vestidos de lujo; obligación de llevar una rodela bermeja en el hombro derecho; prohibición de ejercer cargos con autoridad sobre cristianos, de tener criados cristianos, de prestar dinero a interés usurario, etc.- pero en las Cortes de Toledo de 1480 deciden ir mucho más lejos para que se cumplieran estas normas: obligar a los judíos a vivir en barrios separados, de donde no podrían salir salvo de día para realizar sus ocupaciones profesionales. Hasta entonces las juderías –donde los judíos solían vivir y donde tenían sus sinagogas, sus carnicerías, etc- no habían formado un mundo aparte en las ciudades y además había cristianos que vivían en ellas y judíos que vivían fuera de las mismas. A partir de 1480 las juderías quedaron convertidas en guetos cercados por muros y los judíos fueron recluidos en ellos para evitar "confusión y daño de nuestra santa fe". Un proceso para el que se estableció un plazo de dos años, pero que duró más de diez, y que no estuvo exento de problemas y de abusos por parte de los cristianos.

    El texto aprobado por las Cortes, que también incluía a los mudéjares, decía lo siguiente:

    "E mandamos a las aljamas de los dichos judíos e moros que cada uno dellos que pongan en el dicho apartamiento tal diligencia e den tal orden como dentro del dicho término de los dichos dos annos tengan fechas las dichas casas de su apartamiento, e vivan e moren en ellas, e dende en adelante non tengan sus moradas entre los christianos ni en otra parte fuera de los circuitos e lugares que les fueren deputados para las dichas judería e morería"

    La decisión de los reyes aprobada por las Cortes de Toledo, contaba con antecedentes pues los judíos ya habían sido confinados en algunas localidades castellanas como Cáceres o Soria. En esta última localidad se había realizado con la aprobación de los reyes "por evitar los dapnos [sic] que por causa de bevir e morar e estar los judíos entre los christianos se seguían". Fray Hernando de Talavera, confesor de la reina y que se había mostrado contrario al uso de la fuerza para resolver el "problema converso", justificó también la segregación "por evitar muchos pecados, que se siguen de la mezcla y mucha familiaridad [entre cristianos y judíos] y de no se guardar todo lo que cerca de su conversación con los cristianos por los santos cánones y leyes civiles es ordenado y mandado".

    Según Joseph Pérez, con la decisión de recluir a los judíos en guetos, no se trataba sólo de separarlos de los cristianos y de protegerlos, sino también de imponerles una serie de trabas para el desarrollo de sus actividades, con el fin de que no tuvieran más remedio "que renunciar a su condición de judíos si quieren llevar una existencia normal. No se exige su conversión –todavía no- ni se toca su estatuto autonómico, pero se procede con ellos de tal forma que acaben convenciéndose a sí mismos que la única solución es la conversión".


    La expulsión de los judíos de Andalucía (1483)

    Los primeros inquisidores nombrados por los reyes llegan a Sevilla en noviembre de 1480, "sembrando en seguida el terror". En los primeros años y sólo para esta ciudad dictan 700 sentencias de muerte y más de cinco mil reconciliaciones –es decir, penas de cárcel, de exilio o simples penitencias- que van acompañadas de la confiscación de sus bienes y la inhabilitación para cargos públicos y beneficios eclesiásticos.

    En sus investigaciones los inquisidores descubrieron que desde hacía tiempo muchos conversos se reunían con sus familiares judíos para celebrar las fiestas judaicas e, incluso, asistir a las sinagogas. Además guardaban el sábado y los ayunos y rezaban oraciones judías. Esto les convence de que no lograrán acabar con el criptojudaísmo si los conversos siguen manteniendo el contacto con los judíos, por lo que piden a los reyes que sean expulsados de Andalucía. Estos lo aprueban y en 1483 dan un plazo de seis meses para que los judíos de las diócesis de Sevilla, Córdoba y Cádiz se marchen a Extremadura. Hay dudas sobre si la orden se cumplió estrictamente ya que cuando se produjo la expulsión final en 1492 algunos cronistas hablan de que ocho mil familias de Andalucía se embarcaron en Cádiz, y otras en Cartagena y en los puertos de la Corona de Aragón. Por otro lado, se propuso también la expulsión de los judíos de Zaragoza y de Teruel, pero al final no se realizó.

    Según Julio Valdeón, la decisión de expulsar a los judíos de Andalucía también obedeció "al deseo de alejarlos de la frontera entre la corona de Castilla y el reino nazarí de Granada, escenario, durante la década de los ochenta del siglo XV y los primeros años de los noventa, de la guerra que concluyó con la desaparición del último reducto del islam peninsular".


    La génesis del decreto de expulsión

    El 31 de marzo de 1492, poco después de finalizada la guerra de Granada, los Reyes Católicos firmaron en Granada el decreto de expulsión de los judíos, que fue enviado a todas las ciudades, villas y señoríos de sus reinos con órdenes estrictas de no leerlo ni hacerlo público hasta el 1 de mayo. Es posible que algunos judíos prominentes intentaran anularlo o suavizarlo pero no tuvieron ningún éxito. Entre estos judíos destaca Isaac Abravanel que le ofreció al rey Fernando una suma de dinero considerable. Según una leyenda bastante difundida al enterarse el inquisidor general Tomás de Torquemada se presentó ante el rey y le arrojó a sus pies un crucifijo diciéndole: Judas vendió a Nuestro Señor por treinta monedas de plata; Su Majestad está a punto de venderlo de nuevo por treinta mil. Según el historiador israelí Benzion Netanyahu, citado por Julio Valdeón, cuando Abravanel se entrevistó con la reina Isabel ésta le dijo: "¿Creéis que esto proviene de mi? El Señor ha puesto ese pensamiento en el corazón del Rey?".

    Unos meses antes un auto de fe celebrado en Ávila en el que fueron quemados vivos tres conversos y dos judíos condenados por la Inquisición por un presunto delito de crimen ritual contra un niño cristiano (el que será conocido como el Santo Niño de La Guardia) contribuyó a crear el ambiente propicio para la expulsión.

    Los Reyes Católicos habían encargado precisamente al inquisidor general Tomás de Torquemada y a sus colaboradores la redacción del decreto fijándoles, según el historiador Luis Suárez, tres condiciones previas que quedarían reflejadas en el documento: que justificasen la expulsión imputando a los judíos dos delitos suficientemente graves —la usura y la herética pravedad—; que se diera un plazo suficiente para que los judíos pudieran elegir entre el bautismo o el exilio; y que los que se mantuvieran fieles a la Ley Mosaica pudieran disponer de sus bienes muebles e inmuebles, aunque con las salvedades establecidas por las leyes —no podrían sacar ni oro, ni plata, ni caballos...—. Torquemada presentó el proyecto de decreto a los reyes el 20 de marzo de 1492, y los monarcas lo firmaron y publicaron en Granada el 31 de marzo.55 Según Joseph Pérez, que los reyes encargaran la redacción del decreto a Torquemada "demuestra el protagonismo de la Inquisición en aquel asunto".

    Del decreto promulgado en Granada el 31 de marzo, que tomó como base el proyecto de decreto de Torquemada —redactado con voluntad y consentimiento de sus altezas y que está fechado en Santa Fe el 20 de marzo— existen dos versiones. Una firmada por los dos reyes y válida para la Corona de Castilla y otra firmada sólo por el rey Fernando y válida para la Corona de Aragón. Entre el proyecto de decreto de Torquemada y las dos versiones finales y entre éstas entre sí existen, según Joseph Pérez, "variantes significativas". A diferencia del proyecto de Torquemada y del decreto castellano, en la versión dirigida a la Corona de Aragón se reconoce el protagonismo de la Inquisición —«Persuadiéndonos el venerable padre prior de Santa Cruz [Torquemada], inquisidor general de la dicha herética pravedad...»—; se menciona la usura como uno de los dos delitos de los que se acusa a los judíos —«Hallamos los dichos judíos, por medio de grandísimas e insoportables usuras, devorar y absorber las haciendas y sustancias de los cristianos»—; se reafirma la posición oficial de que sólo la Corona puede decidir el destino de los judíos ya que son posesión de los reyes —son nuestros, se dice—; y contiene más expresiones injuriosas contra los judíos: se les acusa de burlarse de las leyes de los cristianos y de considerarlos idólatras; se hace mención a las «abominables circunsiones y de la perfidia judaica»; se califica el judaísmo de lepra; se recuerda que los judíos «por su propia culpa están sometidos a perpetua servidumbre, a ser siervos y cautivos».

    Respecto a lo esencial las dos versiones tienen la misma estructura y exponen las mismas ideas. En la primera parte se recogen las razones por las que los reyes —o el rey en el caso de la versión aragonesa— decide expulsar a los judíos y en la segunda parte se detalla cómo se va a realizar la expulsión.


    Las condiciones de la expulsión

    En la segunda parte del decreto se detallaban las condiciones de la expulsión:

    1La expulsión de los judíos era definitiva: «acordamos de mandar salir todos los judíos y judías de nuestros reinos y que jamás tornen ni vuelvan a ellos ni alguno de ellos».

    2-No había ninguna excepción, ni por razón de edad, residencia o lugar de nacimiento —se incluyen tanto los nacidos en Castilla y Aragón como los venidos de fuera—.

    3-Se daba un plazo de cuatro meses —que después se ampliará diez días más, hasta el 10 de agosto— para que salieran de los dominios de los reyes. Los que no lo hicieran dentro de ese plazo o volvieran después serían castigados con la pena de muerte y la confiscación de sus bienes. Asimismo los que auxiliaran a los judíos o los ocultaran se exponían a perder «todos sus bienes, vasallos y fortalezas y otros heredamientos».

    4-En el plazo fijado de cuatro meses los judíos podrían vender sus bienes inmuebles y llevarse el producto de la venta en forma de letras de cambio —no en moneda acuñada o en oro y plata porque su salida estaba prohibida por la ley— o de mercaderías —siempre que no fueran armas o caballos, cuya exportación también estaba prohibida—.


    Aunque en el edicto no se hacía referencia a una posible conversión, esta alternativa estaba implícita. Como ha destacado el historiador Luis Suárez los judíos disponían de "cuatro meses para tomar la más terrible decisión de su vida: abandonar su fe para integrarse en él [en el reino, en la comunidad política y civil], o salir del territorio a fin de conservarla".

    El drama que vivieron los judíos lo recoge una fuente contemporánea:

    "Algunos judíos, cuando se les acababa el término, andaban de noche y de día como desesperados. Muchos se volvieron del camino… y recibieron la fe de Cristo. Otros muchos, por no privarse de la patria donde habían nacido y por no vender en aquella ocasión sus bienes a menos precio, se bautizaban"

    Los judíos más destacados, con pocas excepciones entre las que sobresale la de Isaac Abravanel, decidieron convertirse al cristianismo. El caso más relevante fue el de Abraham Seneor, rabí mayor de Castilla y uno de los colaboradores más estrechos de los reyes. Él y todos sus familiares fueron bautizados el 15 de junio de 1492 en el monasterio de Guadalupe, siendo sus padrinos los reyes Isabel y Fernando. Tomó el nombre de Fernán Núñez Coronel y su yerno Mayr Melamed el de Fernán Pérez Coronel –el mismo nombre de pila que el del rey-. A este caso, como al de Abraham de Córdoba, se le dio mucha publicidad para que sirviera de ejemplo para el resto de miembros de su comunidad. De hecho durante los cuatro meses de plazo tácito que se dio para la conversión muchos judíos se bautizaron, especialmente los ricos y los más cultos, y entre ellos la inmensa mayoría de los rabinos.

    Los judíos que decidieron no convertirse "tuvieron que prepararse para la marcha en tremendas condiciones". Tuvieron que malvender sus bienes debido a que contaban con muy poco tiempo y tuvieron que aceptar las cantidades a veces ridículas que les ofrecieron en forma de bienes que pudieran llevarse porque la salida de oro y de plata del reino estaba prohibida –la posibilidad de llevarse letras de cambio no les fue de mucha ayuda porque los banqueros, italianos en su mayoría, les exigieron enormes intereses-. Un cronista de la época así lo atestigua:

    "Vendieron y malbarataron cuanto pudieron de sus haciendas… y en todo hubieron siniestras venturas, ca hubieron los cristianos sus haciendas, muy muchas y muy ricas casas y heredamientos por pocos dineros; y andaban rogando con ellas y no hallaban quien se las comprase y daban una casa por un asno y una viña por poco paño o lienzo, porque no podían sacar oro ni plata."

    También tuvieron graves dificultades para recuperar el dinero prestado a cristianos porque o bien el plazo de devolución era posterior al 10 de agosto, fecha límite para su salida, o bien muchos de los deudores denunciaron fraude de usura, sabiendo que los judíos no tendrían tiempo para que los tribunales les dieran la razón. El Consejo Real intervino para acelerar los procesos pero no siempre tuvo éxito. En una carta a los reyes los judíos de Ampudia se quejaban de que "los alcaldes de dicha villa les fazían e han fecho muchas sinrazones e agravios espeçialmente diz que non les consienten nin menos les quieren fazer e pagar sus bienes muebles e rayzes que tienen nin menos les quieren fazer e pagar las debdas que les son devidas e que las que ellos deven les apremian e fazen luego las paguen aunque los plazos no sean llegados".

    Además debían hacerse cargo de todos los gastos del viaje –transporte, manutención, fletes de los barcos, peajes, etc.-. Este fue organizado por Isaac Abravanel, que fue quien contrató los barcos, teniendo que pagar precios muy elevados y cuyos dueños en algunos casos no cumplieron el contrato o asesinaron a los viajeros para robar lo poco que poseían. Avranel contó con la colaboración del funcionario real converso Luis de Santángel y del banquero genovés, Francisco Pinelo.


    Los motivos de la expulsión

    En la versión castellana se hace referencia exclusivamente a los motivos religiosos —en la versión aragonesa también se alude a la usura— pues se acusa a los judíos de la herética pravedad, es decir, de servir de ejemplo y de incitar a los conversos a volver a las prácticas de su antigua religión. En el comienzo del decreto se dice:

    "Bien es sabido que en nuestros dominios, existen algunos malos cristianos que han judaizado y han cometido apostasía contra la santa fe Católica, siendo causa la mayoría por las relaciones entre judíos y cristianos."

    A continuación se relatan las medidas tomadas hasta entonces por los reyes para poner fin a la comunicación entre la comunidad judía y los conversos, causa fundamental según los reyes y la Inquisición, de que los cristianos nuevos, judaícen. En primer lugar el acuerdo de las Cortes de Toledo de 1480 por el que se obligaba a los judíos a vivir en barrios separados de los cristianos, para evitar que los judíos puedan «subvertir y sustraer de nuestra santa fe católica a los fieles cristianos». En segundo lugar, la decisión de expulsar a los judíos de Andalucía, «creyendo que aquello bastaría para que los de las otras ciudades y villas y lugares de nuestros reinos y señoríos cesasen de hacer y cometer lo susodicho». Pero esta medida falló «porque cada día se halla y parece que los dichos judíos crecen en continuar su malo y dañado propósito donde viven y conversan».

    Finalmente se explica el motivo por el que se ha decidido expulsar a toda la comunidad judía, y no sólo a aquellos de sus miembros que supuestamente querían "pervertir" a los cristianos:».

    "Porque cuando algún grave y detestable crimen es cometido por algún colegio o universidad [entiéndase: alguna corporación y colectividad], es razón que tal colegio o universidad sean disolvidos, y anihilados y los menores por los mayores y los unos por los otros punidos y que aquellos que pervierten el bueno y honesto vivir de las ciudades y villas y por contagio pueden dañar a los otros sean expelidos."

    Como ha destacado Julio Valdeón, "sin duda alguna la expulsión de los judíos del solar ibérico es uno de los temas más polémicos de cuantos han sucedido a lo largo de la historia de España". No es de extrañar, pues, que los historiadores hayan debatido sobre si además de los motivos expuestos por los Reyes Católicos en el decreto hubo otros. Hoy en día parecen descartados algunos que se arguyeron en su momento como el de que se expulsó a los judíos para quedarse con su riqueza, ya que la mayoría de los hebreos que se marcharon fueron los más modestos, mientras que los más ricos se convirtieron y se quedaron, y, por otro lado, la corona no se benefició en absoluto de la operación –más bien salió perjudicada ya que dejó de percibir los impuestos que pagaban los judíos-. Asimismo tampoco parece sostenerse la tesis de que la expulsión fue un episodio de lucha de clases –la nobleza quería deshacerse de una incipiente burguesía que representaban los judíos y que supuestamente amenazaba sus intereses- porque muchos judíos fueron defendidos por algunas de las familias nobiliarias más importantes de Castilla y porque además fue entre las filas de la "burguesía" de "cristianos viejos" donde más creció el antijudaísmo.


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